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Djokovic salió al ruedo como lo habría hecho un miura: con ganas de luchar pero sabiendo que al final le esperaba la muerte
MERCEDES GALLEGO Mucho de tarde de toros, además de mañana de tenis, tuvo la jornada que ayer se vivió en Benidorm en la última sesión de la primera ronda de la Davis que España ha
cerrado como últimamente sólo parece que sabe zanjar este tipo de competiciones: ganando. Olés, pasodobles y hasta una cierta semejanza de colores entre el albero y la tierra batida contribuían
a crear una sensación que se completó con la salida al ruedo de un Djokovic del mismo modo que lo habría hecho un miura: con ganas de luchar pero sabiendo que al final le esperaba la muerte. Lo
que también es de valorar.
El matador y su cuadrilla se hicieron esperar unos veinte minutos a los que siguió el calentamiento previo al partido. Salvo que estuviera preparado, el retraso no pudo venir mejor a los
cientos de espectadores que a esas horas aún estaban atascados en el peaje de la A-7 o buscando aparcamiento, algo que se traducía en más vacíos en las gradas de los que cabía suponer en un
encuentro de esa envergadura.
Las miles de almas que sí estaban dentro se rindieron desde el primer momento y sin condiciones al número uno. El graderío olía a victoria y quiso agradecerla y festejarla incluso antes de que
los jugadores se vieran las caras en la pista.
Para cuando el presentador acabó del recitar el sinfín de títulos que conforman el palmarés de Nadal, el público se había venido tan arriba como es posible que baja estuviera la moral de los
serbios -los que entendieran español, claro, porque no se tuvo el detalle de repetir la presentación en su idioma- después de los malos resultados del primer día y la constatación, para quien
lo desconociera, del coloso al que su compatriota tendría que derrocar para que se produjera un milagro imposible.
Ni las tres banderas -la española, la serbia y la de la RFET- que coronaban el graderío se movían en una segunda jornada sin viento, de cielo azul intenso y calor con que la climatología quiso
compensar por las inclemencias de días pasados. Eso hizo que lloviera sobre mojado en muchas espaldas que lucían enrojecidas por los rayos que recibieron el sábado en lo que daba la impresión
de ser la primera insolación de la temporada y a la que algunos intentaban plantar cara con gorras de visera invertidas que les protegiera al menos el cuello, o con pañuelos colocados como
tuaregs en plena travesía por el desierto.
El público de la Davis siguió siendo fiel a sí mismo y volvió a dirigirse a Nadal con esa campechanía que sólo se da con la familia, entre buenos amigos y con él. "Vamos Rafa, que tengo que ir
a misa de una", se desgañitaba un espectador desde lo alto cuando el partido ya había enfilado el tercer y definitivo set. "Venga Rafa, que hoy comemos en casa", coreaba otro mientras desde el
fondo norte soltaban al inicio de un juego un "aquí huele a break" que al final resultó premonitorio.
También hubo palabras para el serbio, al que cuando el encuentro estaba ya agonizando animaban con un "¡Vamos Jesulín!" en alusión al parecido físico entre el tenista y el diestro. Eso sí, los
gritos de ánimo de sus compatriotas eran ahogados de inmediato por las canciones y los silbidos de una afición española respetuosa -en ningún momento se festejaron los fallos del contrario como
en ocasiones ocurre en este tipo de campeonatos- que al final rindió homenaje a los visitantes coreando el nombre de su país y aplaudiendo a su selección.
La española, una vez dictada sentencia, se lanzó a la pista bajo los acordes de nuevo del pasodoble y allí, entres risas, abrazos y botes dirigidos por Feliciano, emprendió un pequeño paseo que
provocó el lanzamiento desde las gradas de banderas y sombreros. Sólo faltaron los claveles y que sus compañeros portaran a Nadal a hombros y le dieran la vuelta al ruedo. Como en los
toros.

