El Mundo.es - Chronique de Javier Martinez
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19 de marzo.- Llegado el día, Rafael Nadal tendrá una nueva historia que relatar, más jugosa aún, en su
desarrollo, que algunas de sus más grandes conquistas. "Abuelito, abuelito, contádme aquella de Nalbandian", demandarán los niños. Y él, a buen seguro que sin demasiadas ganas, pues ni
siquiera en la vejez esgrimirá signo alguno de arrogancia, abreviará el relato de aquella noche californiana en la que levantó cinco pelotas de partido a su amigo David para acabar
arrollándole con un rosco en el tercero.
"¿Y era tan bueno como dicen?" Claro, contestará el zurdo, presto a reconocer las bondades de uno de los mejores jugadores en el umbral del siglo XXI. Pues sí, aún hay margen para la
capacidad de asombro con Rafael Nadal, por mucho que podamos pensar algunas veces que ya no queda con él resquicio alguno de sorpresa, que todas las gestas han sido ya escritas. Los octavos
de final del Masters 1.000 de Indian Wells, el sexto torneo más importante del año, dieron un partido colosal, de los que no se olvidan fácilmente.
Resulta difícil ver al número uno del mundo desquiciado, con gestos de verdadera impotencia. Nada podía hacer ante un Nalbandian en estado puro, con todo el mando desde el centro de la
cancha. El argentino sólo había cedido siete juegos en sus dos enfrentamientos anteriores. No le duele en exceso la pelota liftada, que neutraliza pronto, abre ángulos de manera permanente,
aguanta bien en el fondo de la cancha y se consiente de vez en cuando alguna subida a la red. Tiene tenis y buena cabeza. Cuando quiere, es grande entre los grandes.
Poco se le puede reprochar en las cinco balas de que dispuso para matar: cuatro de ellas al resto. Nadal las jugó fiel a su impronta. Resistió con entereza a un adversario poderosísimo y
agrandó aún más su leyenda, el libro de los prodigios, ése que, a su pesar, habrá de reabrir más de una noche, para colmar los sueños de sus nietos.
