El Mundo - Chronique de Javier Martinez
-
12 de julio.- Hace tan sólo unas semanas, después de perder precisamente ante Philipp Kohlschreiber en tercera ronda de Roland Garros, Ferrero dijo que al final de la temporada decidiría si continuaba jugando al tenis. Poco más tarde haría semifinales en Queen's y cuartos en Wimbledon, cediendo en ambos casos contra Andy Murray, tercero del mundo. El español salió de la gira de hierba como 37º del 'ranking', tras haber caído por debajo del puesto 100, recobrada buena parte de la autoestima, y se aprestaba a tomar unos días de vacaciones cuando recibió la llamada de Albert Costa.
Movido por el 'ranking' y por las estadísticas, tal vez no tanto por las sensaciones, el capitán tiró de Robredo en el segundo encuentro de individuales del viernes. El gerundense sufrió su séptima derrota como 'singlista', firmando una nueva dececpción. Era evidente que el puesto no sería suyo si se había de llegar al límite en la eliminatoria. Ferrero, alto de ánimo, bien de tenis, muy convincente también en los entrenamientos, iba a resultar el nominado, el hombre al que le correspondería desequilibrar una disputa durísima ante el orgulloso conjunto alemán.
Las cosas se habían complicado seriamente tras el primer encuentro del día. Cuando Philipp Kohlschreiber conectó la derecha que permitió a Alemania acudir al quinto punto, Fernando Verdasco cumplía diez horas y 25 minutos sobre la arena. El número uno español, que había salvado una pelota de partido al resto en el noveno juego del quinto set, que venía de levantar dos parciales adversos, ya estaba francamente en desventaja en la pelea física. Kohlschreiber, ajeno al dobles del sábado, brillante, astuto, rápido, con gran capacidad para improvisar, llegó más vivo a la resolución después de ofrecer una peligrosa tregua que estuvo cerca de costarle la victoria.
El duelo estuvo dotado de toda la mística que distingue a la competición. Las tres horas y 58 minutos fueron una distancia excesiva para Verdasco tras los cinco parciales del viernes ante Beck y los cuatro del encuentro del sábado. Hubo que esperar a Ferrero, atento al quite; como hace nueve años, en el amanecer de su esplendor tenístico, dispuesto a echar el resto por España, esta vez como uno más, sin soberbia ni vanidad, sin importarle ocupar un puesto inicial en el banquillo, sin saber que el destino le había reservado el papel protagonista en una obra en la que ni siquiera figuraba inicialmente como secundario.
